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Perspectivas en cuanto a la gracia


¿Cómo debe la misericordia de Dios afectar nuestra forma de vivir y amar? Winn Collier y Patrick Wood ofrecen sus puntos de vista.

La sorpresa de la gracia

Un sábado por la mañana, nuestra familia cargó con entusiasmo el automóvil y comenzamos nuestro viaje de seis horas hasta la playa. Durante todo el verano habíamos estado esperando esa semana. Usted puede imaginar a dos niños, de 8 y 10 de edad, preguntando una y otra vez: “¿Cuánto falta? ¿Cuánto falta?”

Nos detuvimos en la rampa de entrada al garaje de la casa de la playa, y salimos del vehículo, respirando nuestro primer aire de mar. Tomamos un cargamento de equipos y efectos personales, abrimos la puerta y vi, horrorizado, que la sala de estar y la cocina ya estaban llenas de equipajes y víveres. Otra familia había comenzado a instalarse. Confundidos, salimos de allí rápidamente.

Nos paramos delante de nuestro vehículo, aturdidos. Saqué mi teléfono celular y comencé a buscar frenéticamente los correos viejos. Para hacer breve la historia, resulta que había cometido un grave error. Anoté 28 de julio, y se suponía que debíamos estar allí el 4 de agosto.

No lo recuerdo, pero mi esposa Miska me dijo que tuve que caminar durante un minuto para “reunir fuerzas para soportar el peso de la devastadora desilusión para la familia”. Volví donde estaba el enlutado trío, les dije que había cometido un error colosal, y que teníamos que regresar a la casa. Miska puso una cara animosa, pero estaba desilusionada. Mi hijo mayor, fiel a su estilo, hizo una andanada de preguntas frenéticas en busca de otra resolución. El menor, me miraba como si yo hubiera acabado de ahogar a su perrito.

Nos metimos al carro, y me entraron ganas de llorar. Por supuesto, muchos tienen dificultades mucho mayores que unas frustradas vacaciones en la playa. Pero estos días son importantes para mis muchachos. Son vitales para mi esposa. Habíamos ahorrado, economizado y mantenido firmes a lo largo de una temporada fatigosa con la ilusión y la alegría de esta semana que estábamos por disfrutar. Ahora de regreso a casa el sentimiento era muy distinto.

El cielo se oscureció, y se formó una tormenta. La tristeza estaba alrededor y en el interior de nuestro vehículo. Los limpiaparabrisas luchaban contra el agua, y mis ojos también. Me sentía avergonzado por mi despiste. Me sentí como un tonto por haber cometido ese error. Estábamos tristes, y todo por mi culpa.

Un poco más adelante en la carretera, mientras el cielo nocturno era iluminado por los relámpagos, Miska puso su mano sobre la mía. “Gracia”, dijo. Me dio un abrazo, y yo sabía las palabras que ella no tenía necesidad de decir: Sé misericordioso contigo mismo. Nuestro hijo mayor obedeció la señal de Miska. “Está bien, papá. De esta manera puedo mantenerme despierto después de medianoche, y podremos comer fuera”.

Podemos hablar de los grandes temas de la gracia y la salvación (y debemos hacerlo), pero se necesitan momentos como estos —circunstancias donde la gracia sea inmediata, entusiasta y sorprendente, donde ella se desplace de nuestra cabeza y se filtre en nuestra alma. Sé que algunos tienen esposas que utilizarían un momento como este para atacar, pero Miska no es esa clase de persona. No obstante, me impactó sentir su bondad y ternura cuando tenía todo el derecho de estar enojada (o, al menos, irritada). Mi error le costó algo, pero ella escogió no exigirme el precio. Miska eligió la gracia. Y lo mismo hicieron nuestros muchachos.

La gracia es poderosa porque es sorprendente. El modo de proceder del mundo es desquitarse, intercambiar golpes, y hacer que la gente pague sin misericordia. Pero la manera de Jesús es buscar nuevas oportunidades para amar, nuevas maneras de ofrecer bondad inmerecida. La gracia es, como dijo Jesús, para aquellos de nosotros que estamos enfermos y hechos pedazos. Por supuesto, esto significa que la gracia es para todos nosotros. La gracia es la sorprendente invitación de Dios para ser perdonados cuando hemos hecho algo mal; para ser libres cuando hemos vivido atados; para recibir bondad cuando el sentido común nos diría que nos preparemos para recibir una reprimenda.

En la Biblia, gracia significa no solo la generosa actitud de Dios, sino también su acción concreta hacia nosotros. Por gracia, Dios proveyó un carnero para Abraham e Isaac. Por gracia, Dios rescató a Israel de Egipto. Por gracia, Jesús se sometió al oprobio y al sufrimiento, y luego se rindió humildemente a una cruz. Por gracia, Jesús se entregó a la oscuridad de la muerte y resucitó después de entre los muertos para ofrecer a sus acusadores (y al mundo) el perdón. Por gracia, Jesús nos invita a entrar en una vida que nunca podríamos nosotros haber imaginado. Nuestro misericordioso Dios hace todo esto porque así es Él: misericordioso, para transformarnos con amor incesante.

Debe haber muchas razones por las que el apóstol Pablo comenzaba sus cartas dando la bendición de “gracia y paz”. Imagino que una de las razones es nuestra necesidad de recibir el impacto de la gracia antes de que podamos escuchar cualquier otra cosa que Dios quiera decirnos. Si la gracia de Dios nunca nos deja anonadados, puede ser que estemos necesitando regresar y escuchar de nuevo. —WC

   

La misericordia triunfa sobre el juicio

Aunque Mike nunca había sido conocido como un hombre perezoso, no hay duda de que había estado actuando como uno durante los últimos dos meses, levantándose tarde y pasando más tiempo en el sofá. Y ahora, parte del trabajo de la granja se estaba rezagando. Mike se sentía culpable, y su esposa Debbie estaba cada vez más preocupada. Sabía que había estado posponiendo ciertas tareas y él, como granjero, estaba especialmente familiarizado con los proverbios que advertían en contra de esto. Pero, ¿por qué no podía recuperarse?

Un mes más tarde, la respuesta vino por medio del médico de Mike. Debido al estrés resultante de un accidente automovilístico a comienzos de ese año, su nivel de serotonina había descendido bruscamente, lo cual le hizo perder las fuerzas para trabajar como lo hacía antes. Pero eventualmente, en un tiempo corto, Mike volvió a su diligente ética de trabajo, y recobró el ritmo que solía tener.

Testimonios como éste nos recuerdan cuán íntimamente conectados pueden estar nuestro cuerpo y nuestras actitudes. También nos ayudan a comprender por qué Dios es tan misericordioso con nuestros aparentes o reales defectos de carácter. Él sabe que “somos polvo”, nacidos con un cuerpo físico que ya viene “caído” y propenso a causarle problemas al alma (Sal 103.14). Además, nacimos en un mundo que nos influenciaría asimismo de maneras que no elegimos. Piénselo de esta manera: un preso puede estar tras las rejas debido a sus malas acciones, pero es más fácil sentir empatía hacia él si nos enteramos que fue víctima de severos abusos cuando era niño.

Por lo tanto, nos preguntamos, ¿hasta qué punto somos víctimas de ciertos genes, condiciones de salud, circunstancias de la niñez-, y hasta qué punto somos moralmente responsables de vencer sus efectos por medio de nuestro libre albedrío? La respuesta, por supuesto, varía con cada individuo y es un juicio que sólo Dios puede hacer, después de haber transcurrido toda la existencia de una persona (He 9.27).

Pero, por su parte, esta ambigüedad tiene el propósito de que cuando seamos tentados a mirar a alguien con desagrado, nos libere de tener que hacer el papel de jueces. El comprender que no somos más que polvo, permite que la misericordia triunfe sobre el juicio, ya que sabemos muy poco acerca de las personas y lo que ellas han tenido que superar. En vez de desprecio, podemos tener compasión y, con ayuda de los ojos de Dios, ver lo mejor en las personas. Por supuesto, dar el beneficio de la duda se aplica más fácilmente a los conocidos, que quizás no serán un problema en nuestras vidas.

Pero, “esperar lo mejor” se vuelve un reto mayor cuando nos sentimos defraudados por la conducta de personas para quienes hemos establecido estándares más altos, como son los líderes de la iglesia y nuestros padres. Los pastores, en particular, con frecuencia se agotan tratando de satisfacer las expectativas  injustas acerca de su carácter y capacidades. Se espera que sean más extrovertidos, o que parezcan más amorosos con todo el mundo, o que sonrían más (o menos) que lo que hacen de manera natural. Pero Dios no suele ser tan crítico con nuestros líderes espirituales como puede ser la gente, y si buscamos piadosamente la perspectiva que Él tiene de ellos, podemos llegar a ser parte de la solución al responder a una de sus necesidades más serias: la de estímulo.

Lo mismo sucede con nuestros padres. Puede ser, por ejemplo, que su padre no hizo el mejor trabajo de afirmarle o mostrarle afecto por medio de abrazos o palabras. Pero si usted habla con Dios acerca de esto, es posible que se dé cuenta de que su padre ha sido uno excelente, considerando cómo lo trataron a él los suyos. Esta toma de conciencia puede ser el momento decisivo que le permita abrazar a su padre o elogiar lo que ha hecho bien, sin esperar nada a cambio.

Pero, para ejercer misericordia de esta manera, quizás debemos primero tener más misericordia de nosotros mismos, no sea que nuestro amar a los demás como a nosotros mismos sea de poca utilidad (Mr 12.31). Es verdad que esto puede ser lo más difícil de hacer, pero de nuevo, se requiere que escuchemos lo que Dios dice acerca de nosotros. Su deseo es que cada uno de nosotros recuerde que somos -los hijos que Él tuvo en mente, y que amó incondicionalmente antes de que hubiera tiempo, pecado o culpa. Si mantenemos esto presente, siempre habrá algo mejor que hacer que amontonar piedras sobre nosotros mismos, o lanzarlas a hermanos en Cristo, que también necesitan ser vistos como quienes son realmente. —PW